
Más de 48.000 chicos entre 14 y 18 años abusan de los porros y, como consecuencia, ya sufren serios problemas en el instituto, con su familia o en el trabajo.
La personalidad de los consumidores de esta sustancia cambia hasta tal punto que incluso sus propios padres no les reconocen. Lo peor es que esos adolescentes y jóvenes no son conscientes de que camino les labra su adicción al cannabis.
En España, cerca de medio millón de chicos de 14 a 18 años (el 20% de la población de esa edad) fuman porros de forma frecuente y 70.000 (3%) a diario. Además, es la sustancia que se prueba a edades más tempranas (14,5 años).
Muchas veces el cannabis abre la puerta para probar otras sustancias, como la cocaína, aunque no siempre ocurra. La mayoría de los consumidores de porros también beben alcohol y fuman tabaco, y un 11% incluso usa cocaína, un 7% anfetaminas y un 5% éxtasis. Es decir, los porros dan pie al policonsumo de sustancias legales e ilegales.
A menor edad de iniciación en el consumo de porros, mayores problemas a lo largo de la vida. Si se fuman porros a diario en la adolescencia, etapa todavía de crecimiento, los daños sobre la salud pueden resultar irreversibles. El cannabis afecta al sistema nervioso y al tejido cerebral. Lo que se traduce en pérdidas de memoria; dificultad de concentración; reduce el tiempo de reacción y atención, por ejemplo ante el volante; aumenta la frecuencia cardíaca y la presión arterial; causa problemas respiratorios… En los peores casos, los efectos desembocan en complicaciones psiquiátricas, como padecer psicosis durante el resto de la vida, o trastornos mentales, como la esquizofrenia.
Las primeras manifestaciones de que un chico corre el riesgo de caer en la adicción las detectan la familia, profesores y amigos. Por ejemplo, el bajo rendimiento escolar o laboral es uno de los primeros síntomas, así como ir abandonando a los amigos habituales que no consumen porros o mostrar desinterés por actividades que antes entusiasmaban. Los cambios de humor son habituales. Adopta una actitud agresiva con el entorno. Llega un punto que los padres no le reconocen.
Con el síndrome de abstinencia (entre los tres y siete días de cesar el consumo), aumenta de la irritabilidad, nerviosismo, ansiedad, incluso hay una pérdida de apetito y dificultades para dormir.
Fuente: Patriotas.es
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